Por Diego Escobar
No es el largo regreso a casa, es el largo regreso a nuestra esencia, esa que se quedó averiada en algún lugar del camino, nuestro hogar en muchos de los casos no es un sitio exacto de la geografía mundial, ni tampoco las 4 paredes de tu casa, tu hogar está dentro de ti, no existe nido, existe un espíritu victorioso o derrotado, como las prisiones, existen de todas las formas, pero sin duda la más difícil de librarse es la mental, vivimos atrapados en nuestros pensamientos; a veces vivimos encadenados y sentenciados a alguien o a algo, y el miedo de no saber cómo empezar de nuevo nos inmoviliza, el terrorismo de la inseguridad no nos deja razonar y la bala de la cobardía termina asesinándonos.
La piel no es otra cosa que material que envejece, no tiene sentido ser esclavo de ella; pero si debemos reconocer que somos simples hombres y mujeres terrícolas que caen con facilidad y con mucha frecuencia en la tentación y el peligro, cada vez que tenemos sexo sin amor vamos vaciando todo el contenido maravilloso de nuestra alma hasta que la convertimos en tela vieja, seca y llena de agujeros, como cuando caemos en las garras del alcohol o las drogas, nuestra vida se convierte en una barco de papel a la deriva, el alma se apaga, nuestra luz empieza a nublarse y en medio de placeres banales vamos dejando lo mejor de nuestra vida, los mejores años y hacemos de nuestro corto paso por este mundo una página más en la historia de los del montón.
La vida de renunciamientos es una alternativa para salir librado de esta absurda existencia, ya el suicidio debe ser descartada de plano, porque matarse e irse de este mundo si con ello perdemos la maravillosa oportunidad de servir a los demás, de ser útil, de vivir plenamente, es tan complejo alejarse de lo mundano, de las religiones, de los fanatismos políticos, del dios dinero, del sexo vació, de las relaciones artificiales de internet, de la mala alimentación; pero hay que intentarlo, porque no arriesgarse a tomar decisiones trascendentales en el plano espiritual, porque no resurgir de las cenizas, porque no hacernos cargo de nuestra propia existencia, de nuestra propia felicidad, que nuestra alegría no dependa de nadie, más que de uno mismo, que la soledad sea maestra amiga, que el silencio sea cama segura y que la paz sea el mejor canto de nuestra existencia.
Que nuestro templo sea la selva, que nuestras manos cultiven la tierra y que la Pachamama sea nuestra alacena, farmacia y escuela, que ayudar a los demás sea nuestra mejor bandera y que nuestro aporte a la humanidad sea estar dispuesto a servir con amor, sin cálculos renales ni políticos, que la cochina politiquería se aleje de nuestros pies y que solo el corazón dicte nuestros pasos junto a la gente que más necesita, que el mensaje de los grandes guerreros del mundo ilumine nuestras andanzas, que nuestro ejemplo sea nuestro mejor discurso, que el odio, la envidia, la mentira y la lujuria sean demonios exorcizados de nuestro espíritu para vivir bien, para amar bien, para dejar una huella, un legado y estar en la historia no por tener tanto sino por haber amado y ayudado tanto.
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