«Los ecuatorianos son seres raros y únicos: duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes, viven pobres en medio de incomparables riquezas y se alegran con música triste», dijo en 1803, el explorador Alexander Von Humbolt, durante su estadía en Ecuador, entonces Real Audiencia de Quito.
Desde aquel entonces, este personaje evidenció que nuestro país se encuentra en una zona de permanente riesgo, como se demostró el pasado 16 de abril, fecha trágica. Aunque la reacción fue rápida y efectiva, ese día quedó claro que no estamos preparados para un sismo de magnitud.
Mucha de la infraestructura en Manabí, colapsó durante y después del terremoto de 7.8 grados y aquello es muestra clara de que las edificaciones no están bien hechas, porque las construcciones bien hechas, si resisten los embates de la naturaleza.
Un ejemplo cercano son los edificios de la gobernación de Tungurahua, el Colegio Nacional Bolívar y el antiguo edificio municipal de Ambato, que resistieron sin mayores contratiempos el terremoto de 1949 cuyo epicentro fue Pelileo. Esas infraestructuras han resistido más de cien años y seguramente seguirán en pie, cientos de años más.
Con este antecedente es preciso que ciudadanos e instituciones adquiramos una verdadera conciencia sobre nuestro entorno natural y el riesgo ineludible con el que vivimos.
A los ciudadanos nos corresponde seguir las recomendaciones, como tener siempre en casa una mochila con alimentos y elementos básicos de supervivencia, hablar y ensayar como actuar durante un temblor o terremoto. Si hacemos una encuesta, con seguridad poca gente habrá tomado esa medida.
A las instituciones les corresponde capacitar al menos una vez al año, a toda la población sobre las medidas de seguridad, identificar las zonas con menor riesgo, supervisar las construcciones realizadas y por realizar para que cumplan con los parámetros técnicos respectivos, sin que haya lugar a la viveza criolla, ni a las influencias.
A las edificaciones débiles, no se debería permitir que arrienden, es inadmisible pagar para vivir en un lugar que no ofrece las garantías de seguridad. Hay tanto por hacer en ese sentido pero si lo analizamos concienzudamente, no son aspectos imposibles, es solo cuestión de determinación.
Hasta donde conozco, en Puyo por ejemplo, nunca se ha realizado un simulacro de evacuación ante un posible terremoto. La mayoría de gente, no conoce que zonas pueden ser consideradas como seguras, y lo peor de todo es que luego de la cercana experiencia del terremoto en Manabí, aún nadie actúa, en esa parte específica.
“Quien no aprende de sus errores, está condenado a repetirlos” dice un sabio adagio. Autoridades del ejecutivo y de los gobiernos seccionales, tienen ahí su oportunidad de lucirse con algo verdaderamente beneficioso para la población y que no cuesta ingentes cantidades de dinero.







