Salud

Crónica de una «salidita» por Emilia Trujillo León

 

Manuel usa jeans y camisa a cuadros, tiene su encuentro en la Y con Jessica y María. Camina presuroso arreglando su cremallera y el cabello de donde le gotea el gel que lo colocó con cuidado. El centro de El Puyo tiene un clima frío metálico, se ven transeúntes apurados y dos que tres taxis que esperan salvar su día con «carreritas» de un viernes nocturno. Jessica estaciona el auto rojo de su madre y hace señas a Manuel para que suba. Arrancan y se dirigen hacia su destino. Son casi las once de la noche.

El Barrio Obrero de El Puyo, se ha convertido en la «Zona Rosa» de la ciudad, hace algunos años este sector estaba abandonado, ahora, mas de una veintena de bares hacen que sea transitado por adolescentes y jóvenes desde los quince años. Al recorrerlo se pueden ver señoritas en minifalda, borrachos conversones, peleas fatídicas y esos famosos carros con parlantes estridentes que dan vuelta la cuadra mas de cincuenta veces en la noche.

Los chicos en cuestión dejan el auto junto al «Astoria», un bar restaurante conocido por elaborar el primer ceviche volquetero (plato típico), ahora también convertido en un karaoke. Jessica acomoda su falda fosforescente y arregla su blusa para evitar que miren su abdomen. Su siguiente parada es «La Hueca del Gato», el lugar esta repleto, aun así, pagan dos dólares y entran. En el hall principal hay gente fumando y con cerveza en mano, caminan tímidos con el fondo «Play Hard» de David Guetta que proviene desde la pista de baile. Al entrar sienten que el calor humano se va apoderando de sus cuerpos recién bañados, miran en puntillas un sitio donde ubicarse, mientras tanto, brazos sudados los rozan bruscamente, los empujan, pero al fin encuentran donde colocar sus codos.

María propone comprar una «michelada», para esto, se expone a colocar sus pechos en la barra y ser aplastada por los bailarines que no sienten el clima desértico de la discoteca. Paga tres dólares y alza los brazos para cruzar el tumulto de gente que baila incansablemente, llega donde sus amigos, suspira y bebe un sorbo del húmedo vaso.

Son casi la una de la madrugada y han bebido mas de un trago, ya no sienten en calor, ahora son parte de los empujones que reciben a mas visitantes farreros.

Cerca de las dos de la madrugada se ven luces intermitentes que se aproximan al barrio, son policías que esperan la mala suerte de algún borracho «alevoso» o algún menor de edad clandestino para hacer cumplir su ley. El sector se llena de gritos en busca de otro sitio donde continuar con la jarana, los autos se encienden, taxistas recuperan su día y como dice el dicho «cada uno, cada uno».

 

 
 
Emilia Trujillo León
 

 

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